ENTRE CORDONES, LIDERAZGO Y LEGADO

ENTRE CORDONES, LIDERAZGO Y LEGADO

1024 577 Gabriel Nuñez

Q.E.P.D. Mami! (Qué-Emoción-Pensarte-Disfrutando!). Murió mi mamá (qué raro se siente escribirlo). Entre cordones, liderazgo y legado mi mamá fue la mejor. Siempre estará en mi corazón y en mi mente.

 

Con ella conocí y aprendí todo lo que sé de la vida, incluso aquellas cosas que están por venir.

 

Aprendí a ser digno y a luchar desde la victoria; a meditar acerca de lo que es bueno y lo que no; a tomar acción; a ser meticuloso; a buscar la verdad y a no dejarme atropellar ni maltratar; a conservar la insignificancia de un detalle como parte de la grandeza; a respetar la palabra dada; a procurar el orden y la limpieza; a sacrificar la satisfacción momentánea y pasajera para alcanzar la victoria venidera; a construir en lugar de destruir; a ser fuerte a pesar de la debilidad, y a saber esperar los tiempos con la actitud de quien tiene fe como un grano de mostaza; a seguir avanzando en lugar de rendirme; a buscar, buscar y buscar hasta encontrar; a golpear, golpear y golpear sabiendo que siempre se abrirá; a sentir ternura y apego pero también a saber decir basta; a cuestionar y provocar respuestas y resultados; a saber que la madurez es un bien auténtico que se adquiere con la propia experiencia pero también observando a otros.

 

También aprendí, por su guía y enseñanza, a lavar mis dientes, a atar mis cordones y a no respirar el aire helado. Aprendí y conocí, de su propia voz y a través de su ejemplo e instrucción, la palabra liderazgo. Todo eso aprendí, entre muchas otras cosas.

 

A mis ocho años, tiempo en el que vivimos los dos solos en casa, sus lecturas nocturnas para que yo pudiera dormir estaban inspiradas en famosos personajes de la historia. Personajes reales, de carne y huesos, que habían conquistado territorios, cruzado desiertos y ríos caudalosos, escapado de la esclavitud y la muerte; hombres y mujeres que tenían un propósito y dieron su vida por ello, más allá del dolor y el temor. -Me lees Isaías? -le decía. Su voz, cansada de trabajo pero fortalecida en fe, respondía de inmediato que sí. Entonces leía declaraciones de esperanza, vida y libertad.

 

Con el paso de los años su cuerpo se agotó, pero su espíritu se fortaleció con cada minuto vivido. -Mí Señor me fortalece -solía decir. A sus ochenta años y aún viviendo a gusto sola, Jesús era su mejor compañía, tal como lo es en este preciso instante.

 

Una herencia es fácil de dejar: trabajas un tiempo hasta jubilarte; compras unos ladrillos e inviertes unas monedas a una tasa determinada y ya está. Por el contrario, un legado no lo deja cualquiera; sólo lo consiguen algunos pocos: quienes viven de manera intencional y modelan nuestra vida fundando su ejemplo en valores y principios que Dios ha creado para que andemos en ellos, como mi mamá. Un legado como el que ella nos dejó a mí y a mis hermanos le significó redoblar esfuerzos, caminar siempre la segunda milla, y ofrecer también la túnica, además de la capa.

 

Y no ha sido ni será en vano, claro: gracias a ella, mi hijo estará corriendo la carrera para alcanzar aquello para lo que fue llamado.

 

En su despedida, durante la noche, y en la mañana siguiente también, me autoproclamé como su maestro de ceremonia. No recuerdo muy bien lo que dije pero de algo estoy absolutamente seguro: habrá sido el mayor de los honores que pueda yo tener en toda mi vida.

 

Siempre estará en mi corazón y en mi mente. Hoy, más que nunca, “dejar un legado es el principio de la historia”.

 

Esto sólo fue un intento de honrarla en público, aunque también para hacerte saber, por si no la conociste, que fue la mejor mamá que pude tener. Entre cordones, liderazgo y legado, ella fue la mejor.

 

Gracias por leer.

 

Sigamos en contacto.

 

Gabriel.

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